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orientación vocacional ¿Por qué me habrá tocado a mí ser como soy?

Por Roberto Aras. Director del Departamento de Ingreso y Estudios Preuniversitarios. Universidad Católica Argentina (UCA)



La mayor parte de las veces, el descubrimiento de la propia vocación es un motivo de íntima alegría y satisfacción. Haber hallado el “sentido” de la vida personal es, al mismo tiempo, una justificación de quienes somos hasta ahora y una tarea que se proyecta hacia el futuro, en lo que queremos ser. Nuestro próximo lugar en el mundo queda, en buena medida, ligado con esa decisión.

Con esta manera de pensar la elección vocacional, los estudiantes tienden a imaginar que ellos ocuparán el hueco que la “profesión” esculpe en el entorno social. Se tratará entonces, sólo de “estacionarse” en él –de la mejor manera posible, claro. Pero sucede que no todas las vocaciones tienen idéntica resonancia social, es decir, el prestigio que poseen dentro de la comunidad puede oscilar pendularmente desde el “exitismo” que acompaña a quienes trabajarán en el mundo empresario, de las comunicaciones o de la tecnología de punta, hasta la “resignación” de los que se sienten llamados a desarrollar las humanidades o las artes. En el último grupo se escuchan a menudo las quejas individuales -y familiares- en torno a vocaciones “sin porvenir” o “sin posibilidades de progreso” en la vida. “¿Por qué me habrá tocado a mí ser como soy?” es un lamento, para ellos, cotidiano.

Sin embargo, el punto de partida para esos razonamientos está errado. Hoy el éxito o el fracaso en una profesión, están más ligados a la preparación personal, la voluntad de trabajo y la creatividad en circunstancias cambiantes, que al molde que les impone la sociedad. Y eso sin contar con que el “motor” para animarse a “inventar” un lugar propio proviene de la felicidad que nos trae hacer lo que nos gusta. Un administrador de empresas puede diseñar un negocio como un compositor una obra que lo convierta en un éxito mundial de ventas, un ingeniero hiperespecializado quizás no tenga las oportunidades de un profesor de filosofía para ayudar a los otros a ser más felices, o un gran abogado encontrará un caso para la fama con tanta probabilidad como un arqueólogo descubre una antigua ciudad perdida. Moraleja: la fidelidad a uno mismo en la vocación es el mejor comienzo para triunfar –de veras!


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