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Al poco tiempo llegó también a la Argentina el hermano del ingeniero Lustig con su esposa e hijos. "Por razones económicas, ya que el único que ganaba algo era mi marido, vinieron a vivir a nuestra casa y compartimos un departamento que alquilábamos en la calle Chirimay del barrio de Caballito en el año 1943", puntualiza la científica. Fue recién entonces cuando pudo comenzar a pensar en trabajar.
"Yo llevaba mis hijos y sobrinos a la mañana al Parque Chacabuco, al mediodía se los dejaba a mi cuñada y a la tarde empecé a ir a la biblioteca de la Facultad de Medicina, que en ese entonces estaba donde se encuentra ahora la Facultad de Ciencias Económicas. Así, preguntándole a la bibliotecaria llegué a la Cátedra de Histología que estaba funcionando, mientras se terminaba la nueva sede de la Facultad de Medicina de la calle Paraguay, en un horrible conventillo ubicado en Cangallo y Pasteur. Allí me ofrecí para investigar sobre histología, tema de mi tesis doctoral", continúa relatando haciendo gala de su prodigiosa memoria.
"Si bien el profesor a cargo de la cátedra no se interesó para nada con mi especialidad que es el cultivo de células en vivo, porque aquí todavía no se conocía, me ofreció una mesa y una silla para que trabajara, nada más. Pero la observación de estos materiales debía hacerlo en un medio estéril. Así que como pude me preparé una cajita que cumplía con estas condiciones para tener material para trabajar compraba una gallina, le sacaba sangre del ala, y con este suero investigaba", explica sencillamente.
A los dos años aproximadamente se terminó de construir el nuevo edifico de la Facultad de Medicina y la Cátedra de Histología Embriológica se ubicó en el segundo piso. Ahora ya Lustig estaba instalada en un lugar nuevo y limpio pero su único estipendio continuaba siendo el remanente de un subsidio que recibía la Cátedra para reponer la vidriería. "Yo cuidaba que no se rompiera nada así me quedaba ese dinero", cuenta. Pero fue a partir de entonces que pudo conocer a los profesores Houssay, De Robertis, Mendez, algunos de los más destacados especialistas en el estudio de los tejidos humanos y cuando debido a que un asistente del grupo emigró a los Estados Unidos obtuvo un contrato que le permitió cobrar su primer sueldo.
En 1947 Juan Domingo Perón echó de la cátedra a Bernardo Houssay y por solidaridad renunciaron todos los miembros del equipo. "En su reemplazo enviaron a un profesor que le llamaban Flor de Ceibo porque llegaba, daba su materia y se retiraba. No se interesaba por nada, ni por los materiales que se preparaban ni por quiénes trabajaban en la cátedra. Además, yo no podía ni hablar porque si se daban cuenta que era extranjera corría el riesgo de que me expulsaran del país", reconoce angustiada.
Su salvación llegó de la mano del Dr. Brachetto Brian, Director del Instituto de Oncología Roffo quien le propuso trabajar con él investigando el cáncer. "Quería saber cómo se dividían las células tumorales. Si eran varios núcleos o si era el mismo núcleo el que se dividía. Así comencé mi tarea de investigadora en el área de investigación básica en oncología de este Instituto donde continué hasta el año 2000", explica animosa.
Y una anécdota aparece en el recuerdo. "Yo necesitaba más espacio para trabajar y había un cuarto al lado de mi laboratorio que me hubiera venido muy bien pero estaba cerrado y nadie podía entrar allí. En esa habitación estaba encerrada una caja fuerte, de la que se había perdido la llave, que tenía en su interior un cristal radiactivo que Madame Curie le había regalado al Dr. Roffo cuando vino invitada por él a dar una conferencia en Buenos Aires. Tuvimos que buscar en la cárcel a un ladrón  experto en abrir cajas fuertes para extraer el cristal que se llevó la Comisión de Energía Atómica, previo eliminar las radiaciones del lugar". Es el laboratorio que sigue en pie hasta hoy.
En 1950 el Director de la Sección de Virología del Instituto Malbrán, el Dr. Armando Parodi, quien venía de especializarse en virus en Estados Unidos, la interesó para crear un Departamento de Bacteriología para estudiar estos microorganismos de los que recién se comenzaba a hablar. Él sabía que para estudiar los virus se necesitaba hacerlo con células vivas, tarea en la que la Dra. Lustig había sido pionera en la Argentina.
"Entonces comencé a trabajar hasta al mediodía en el Roffo, luego me iba a mi casa a darle de mamar a mi tercer hijo, Mauro, quien era recién nacido a las 2 de la tarde me pasaba a buscar el Dr. Parodi e íbamos para el Malbrán", relata sin estridencias. Eugenia no sabía nada sobre virus pero buscó libros, estudió todo lo que pudo y montó allí la Sección de Cultivos de Tejidos. "Tuve que inventar la virología", reconoce.
Al cabo de un tiempo a Parodi le ofrecieron un importante cargo público en Montevideo y se fue para Uruguay. Por lo que quedó únicamente en manos de la Dra. Lustig todo el Departamento de Histología del Instituto Malbrán.
Cuando en 1952 comenzó en nuestro país la terrible epidemia de poliomielitis la investigadora estaba de vacaciones en Pinamar y el Ministro de Salud Pública la mandó llamar urgente. La epidemia avanzaba a un paso alarmante. No existía la vacuna y había que realizar entre 60 ó 70 diagnósticos por día.
"La desgracia es que el virus de la poliomielitis crece solamente sobre célula humana o sobre célula del mono rhesus que se encuentra en la India, aquí no hay. Por lo que la única forma de poder hacer diagnóstico de todos los enfermos que me llegaban diariamente era sobre tejido humano. ¿Qué podía hacer? Se me ocurrió recurrir a los restos de abortos que pudiera haber en las maternidades. A la mañana las recorría y en las heladeras algo encontraba. Llevaba un frasco grande estéril y colocaba estos trozos. Luego rápidamente, manejando mi coche, tratando que ningún policía me viera transportando restos humanos, corría al Malbrán. Allí cultivábamos in vitro estas células fetales que al día siguiente ya habían crecido lo suficiente como para poder ponerlas en contacto con el material a investigar  y en 24 ó 48 horas dar un diagnóstico preciso", se explaya la médica.
"Tenía un miedo terrible de infectarme yo y que se infectara todo el personal. Cada día trabajaba hasta medianoche con mi técnica, Catalina, con quien todavía estoy en contacto. Cuando terminábamos poníamos todo el material que habíamos usado en el jardín del Malbrán, le echábamos nafta y prendíamos fuego, porque temíamos que a la mañana siguiente la persona que iba a limpiar tocara algo y se infectara. Después me cambiaba de pies a cabeza para irme a casa. Hasta los zapatos. Tenía terror de infectar a mis hijos", se espanta todavía hoy.
Tan grande era el miedo que al fin decidió mandarlos a Montevideo por seis meses, donde un primo lejano aceptó recibirlos. Ella viajaba a verlos cada sábado en avión y volvía el domingo a la noche.
Poco después se oyeron las primeras alentadoras noticias de la vacuna Salk. Eugenia fue becada por la OMS junto con investigadores de distintas partes del mundo para ir a Estados Unidos y Canadá, a estudiar los efectos de esa vacuna.
En aquel viaje logró encontrarse por unas horas con su prima Rita Levi Montalcini, su compañera de estudios de medicina en Turín a quien llevaba catorce años sin ver.
"Me tomé un avión desde Atlanta a Saint Louis, estuve con ella una noche y llegué a tiempo para poder ir al laboratorio a la mañana siguiente". Rita, un año mayor que ella, había emigrado a los Estados Unidos y estaba trabajando en la Universidad de Washington como especialista en neurocirugía.
A su regreso, Lustig impulsó el uso de la vacuna Salk. Si bien aún no había sido autorizada por el Ministerio de Salud, decidió vacunar a sus propios hijos para dar el ejemplo y ella misma se la aplicó a los primeros chicos que se acercaron al Malbrán. Tiempo después, y ya hacia el final de la epidemia, un enfrentamiento gremial terminó con su trabajo allí. Había caído Perón y un sector de los empleados del instituto resistían al científico que había sido nombrado como jefe. "Estaban de huelga. Yo quise entrar porque aún había casos de polio y tenía diagnósticos para hacer, pero no me dejaron. Les dije: entro igual, hago los diagnósticos y me voy. Entonces me tiraron un cajón enorme sobre un pie, que se me fisuró. Estuve más de un mes con yeso. Al día siguiente, renuncié", cuenta con dolor.